Le Corbusier
(Extracto) Conferencia dictada el 14 de octubre de 1929
Una ciudad contemporánea de tres millones de habitantes, Buenos Aires, ¿es una ciudad moderna?
Las ciudades, las grandes ciudades del mundo se urbanizan sin doctrina. Ya he definido el fundamento temporal de una doctrina (y entiendo por ello un periodo suficiente, que puede tener la duración de una generación, o sea veinte años). Saber dónde se va, porque se sabe de dónde se viene.
El urbanismo que se practica hoy es más bien estético, de embellecimiento, de jardinería. Es jugar a los moldecitos de arena mientras la casa está en llamas.
Reemplazo la palabra urbanismo por el término equipamiento. Ya he reemplazado el término mobiliario por el de equipamiento. Tal obstinación demuestra que nosotros reclamamos pura y simplemente herramientas de trabajo pues no queremos morir de hambre delante de los parterres bordados del urbanismo estético.
Señoras y señores. ¿He llegado al tema? Es inmenso. Pero las otras conferencias aportarán su luz. Basta con unir las verdades adquiridas.
He escrito un libro sobre ese tema: realicé muchos estudios técnicos preciosos. No puedo recomenzar aquí las demostraciones ya realizadas. Pero puedo resumir todo eso en algunas ideas esenciales. Esto es lo fundamental: El urbanismo es una cuestión de equipamiento, de herramientas. Quien dice herramienta dice buen funcionamiento, rendimiento, eficiencia.
El urbanismo no es un asunto de estética que se pueda sincronizar con un asunto de organización biológica, de organización social, de organización financiera.
El urbanismo estético cuesta caro, entraña gastos enormes, es una terrible carga sobre los contribuyentes. Por lo tanto es desplazado al inconsciente, dado que no ayuda a la vida de la ciudad. El verdadero urbanismo encuentra en las técnicas modernas el medio de aportar la solución a las crisis. Encuentra en los problemas económicos que son la esencia, su propia financiación. Lo demostraré otra vez. De esa financiación automática resulta un beneficio financiero enorme que permite ajustar los gastos de los cuales depende la tranquilidad social. Para que esa financiación exista, surja, es necesaria la intervención de la autoridad suprema.(...)
Todo lo que se desprenda de mis demostraciones va en apoyo de la solución de las crisis de las ciudades. El problema bien planteado –en las células y en la aglomeración de las células- y el llamado de los nuevos medios de la época maquinista, desatan los terribles anillos del meandro, más exactamente atraviesan el meandro de parte a parte y la vida puede reiniciar su largo curso. No hay milagro. Hay liberación, madurez, hay fructificación.
¿Qué tienen que hacer aquí los pensamientos académicos o un artificioso sentimentalismo?
El urbanismo es un fenómeno sintético de composición en el suelo y por encima del suelo. Eso es lo que ha hecho abordar soluciones, es que se ha pensado en superficie y no sintéticamente en extensión y en elevación, es decir en suelo surcado por todos los artefactos de velocidad, y ocupado por cubos de construcción para llenar con hombres en las condiciones óptimas de salud y de alegría.
El ruido debe ser vencido. Una saludable doctrina del urbanismo y una doctrina de la "máquina para habitar" rechazan el ruido.
No imaginamos que nuestras vidas se quieran acostumbrar al batifondo de la vida moderna. Por otra parte no existe batifondo sino donde la solución es burda (mecánica o urbana). La tendencia de la buena mecánica no es hacia el ruido, el ruido es anormal, sus efectos son desastrosos. Pronto los millonarios ofrecerán a sus amigos horas de silencio. A menos que triunfe el urbanismo moderno aportando la paz. Se encontrará una capital que aspirará a la gloria porque se ha convertido en silenciosa.
De todo lo dicho, surge que la ciudad moderna estará cubierta de árboles. Es una necesidad para los pulmones, es una ternura en consideración a nuestros corazones, es el condimento mismo de la gran plástica geométrica introducida en la arquitectura contemporánea por el hierro y el cemento armado.
Someto esta idea a los Ministros de Instrucción Pública: un decreto obligará a todos los niños de las escuelas primarias a plantar cada uno de ellos un árbol, en cualquier lugar de la ciudad o fuera de ella. Ese árbol llevará el nombre del niño. Los gastos serán insignificantes. Pero hay que planificar. Y dentro de cincuenta o sesenta años, una acto de hermosa piedad conducirá a esos hombres y a esas mujeres, ya viejos, al pie de su gran árbol que se habrá ramificado inmensamente. Esto no es más que una pequeña idea, al pasar, para mostrar cómo juzgo indispensable para nuestros cuerpos y para nuestros corazones, la naturaleza, de la que no deberíamos jamás privarnos, la naturaleza en el corazón de nuestras ciudades inhumanas.
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